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Y amanece, y sé que no está, porque sería como admitir que existimos, y cierro los ojos e intento convencerme para levantarme al baño y no vomitar las palabras sobrantes de mi cerebro en las sabanas, y quizás un cigarro me calmase esta angustia, pero el paquete está vació y el cenicero lleno de sus colillas, y las mantas pesan demasiado para salir corriendo, y la cabeza empuja al desalojo rápido de frases , y miro de reojo la ventana cuando paso, y por un instante pienso que se debe sentir cuando se cae al vació desde el piso catorce, y no llego al baño por un par de baldosas, y estoy demasiado acostumbrado a toda esta mierda como para limpiar las entrañas que se han desparramado por el suelo del apartamento, y me da igual que piensen que estoy mal, que les importará a ellos que arrastre mi alma por el barro, me siento bien en el fango y el cielo queda demasiado lejos para ir andando.
9:00 de la mañana.
Demasiado tarde para despertarse, para poner los pies en el suelo y encajarse entre los espacios vacíos de la sala. Enciendo un cigarro y respiro de nuevo el mismo aire mil veces respirado, atrapando el poco oxígeno que consigue traspasar los filtros ya algo obstruidos de mis pulmones. Intento reconocerme en el espejo y dejo caer el agua de la ducha, deseando que arrastre por el desagüe las marcas de una vida andada a tirones, a golpes de reloj, de la una a las dos, en círculo, regresando después de doce pasos al punto inicial, al lugar de partida, a la misma puerta de casa, a las mismas cosas que nos ayudan a digerir el monólogo diario.
Ser Juan, ser Pedro, Ser Mario, saber representar el guión, saber llegar a la hora adecuada al sitio indicado. Subirse al autobús, dejarse caer en el mismo asiento de siempre, sabiendo que durante siete paradas seré Mario, con número de teléfono equis, DNI equis, domiciliado en cualquier cuenta bancaria, de cualquier sucursal, donde nos ofrecen a plazo fijo y bajo interés nuestros pequeños espacios donde poder despertar cada día. Siete paradas, tan solo siete paradas y a 80 kilómetros hora, 60 minutos hasta la próxima estación donde tenemos nuestro espacio reservado de antemano y que creemos que a pasado a pertenecernos porque hace tiempo que meamos en el mismo rincón y hacemos creer con ese gesto a los demás, que ese punto 45º latitud norte, 30º longitud este, está ocupado por Juan teléfono equis, DNI equis.
Nuevos Ministerios (60 minutos más), las mismas caras, la misma gente corriendo de un lado del andén hasta la salida más próxima, me sorprendo corriendo, me paro, respiro el poco aire que tolero, un par de veces, debería dejar de fumar, vuelvo a coger impulso, hay que llegar a tiempo, hay que llegar a ser Pedro teléfono equis, DNI equis, para no sé que, pero hay que llegar.
El mismo camarero de siempre que no pregunta, planta en la mesa el mismo café y las mismas tostadas que le pedistes un día y que el repite desde entonces en su procesar diario, punto diez y cuarto, más menos quince minutos de su agenda horaria, no me apetece, pero me lo como. Para terminar un vaso de agua, otro cigarro y 60 minutos más.
Marcos teléfono equis, DNI equis, me sitúo en su mesa, abro sus cajones y saco sus papeles intentando cumplir el ritual para que no descubran que no soy yo, 60 minutos por ocho horas, más dos horas para comer, total 600 minutos. Repartidos en llamadas a compradores, llamadas de compradores, solicitudes de reclamación, neveras compradas a plazos, reclamaciones de voces que creen encontrar en tu voz la solución, recojo los papeles, los vuelvo a guardar en el cajón de papeles adecuados, cojo mi abrigo y salgo de nuevo a correr entre calles que no sé lo que contienen.
Hace tiempo escribí. “Me gusta ser esa pieza de un puzzle, que aparenta estar en su sitio, pero que en el fondo sabemos que sólo la hemos hecho encajar a base de pequeños golpes con el dedo, esperando que con el tiempo se deforme y pase desapercibida entre un millón de ellas más”. Sólo hay que aparentar deformarse.
Dos cervezas, una creo que para mi teléfono equis, DNI equis, otra para ella, antes que se acaben pedimos otras dos, (cuatro cervezas en total a 30 minutos el par, 60 minutos más) le cuesta otras cuatro recomponer cada pieza de mi cerebro que se ha desdibujado. ¡¡¡Por favor bisturí, vendas, guantes de cirujano, cinta negra para pegar!!! Y 120 minutos de silenciosa reconstrucción a base de palabras y caricias en la cama, vuelven a poner en marcha las ideas que quizás mañana tengan sentido.
60 minutos por 7 horas 420 minutos más.
9:00 de la mañana.
Demasiado tarde para despertarse, para poner los pies en el suelo y encajarse entre los espacios vacíos de la sala, enciendo un cigarro, echo el agua suficiente en el compartimiento adecuado de la cafetera, muelo los granos de café y los dejo caer despacio en el filtro, enciendo el fuego, coloco la cafetera encima, y espero; me tumbo en el sofá, pongo algo de música, empiezo a oler el sabor de café, me levanto, me sirvo una taza, me vuelvo a tumbar, y espero, no sé muy bien a qué o a quién, pero espero.


Quedan reservados todos los indicios, así como la capacidad de rescindir toda clase de pormenores relativos al propio sentido en si del espíritu de lo definible según los apartados y artículos preestablecidos y reflejados en cada norma diseñada para tal y no otros efectos, como su ayuda para el buen acondicionamiento, uso y legitimidad de lo aconsejable a cada particular en las causas y situaciones anteriormente ocasionadas haciendo reseña de lo explicado a los sub-sujetos y sus coexistencias
“No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones, sois la mierda cantante y danzante del mundo”.
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Tyler Durden - El club de la lucha.
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Siempre he creído en esta frase, mucho antes incluso de oírla en El club de la lucha. Me gusta recordarla a menudo y en especial en algunos días como hoy.
O quizás al paquito le acababan de abandonar y aquel banco era lo único que le mantenía a treinta centímetros del suelo.
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