Existen ciertos bares en los que puedes beber, hay muchos otros, pero, qué se puede hacer en ellos sino emborracharte, hay una gran diferencia entre beber y emborracharte, por lo menos para mí. Puedo pasar toda la tarde tomando algunos vinos charlando y escuchando música diferente, no digo buena, sino simplemente diferente. Los que ponen la música en la mayoría de los bares son como los camareros de las caferías, que te sirven siempre el mismo café por las mañanas porque creen que es lo que te gusta, aunque sólo lo hayas pedido un par de veces, ya da igual, estás acabado, serás para siempre el chico del café. Ellos hacen lo mismo, te sirven en la mesa la música que creen que quieres escuchar y te la ponen hasta que revientas y cambias de sitio.

No sabría decir por qué iba a menudo a uno de estos lugares, supongo que porque es fácil perderse, olvidarse de uno mismo cuando te sumerges entre la gente desconocida, cuando eres uno más entre tantos y te descubres acercándote a alguien que no es la primera vez que ves. Siempre he creído en el destino, es curioso que jamás vuelvas a ver a tu compañero de mesa del instituto y otras personas sin tener ni idea de por qué, vivan tan cerca de ti que acaben perteneciendo a tu vida.

Como he dicho no era la primera vez que la veía, allí estaba sentada mirando por la ventanilla del tren de cercanías, o comiendo en dos mesas más a la izquierda en el restaurante, o de pie apretada entre los asientos del autobús, quién sabe, quizá fuese yo el que estaba dentro de su vida, podría entender entonces quién a decidido por mí en todas esas cosas que no he acabado de entender demasiado y en las que me siento perdido. Allí estaba con ella sin saber exactamente si era mi vida o la suya, pero con ella, sudando, bebiendo y fumando, me sentía bien, sin demasiadas preguntas, tampoco son necesarias cuando no hay nada interesante que contestar.

Había decidido integrarme entre todo ese barullo, eso era lo único claro que tenía. Y bueno, ¿Cómo describirla?, sé que es morena, que no es demasiado alta ni demasiado baja, no tiene los ojos marrones y físicamente mucho mejor que muchas que presumen de serlo y se exhiben en las tarimas de las discotecas con contoneos de cintura, nos reímos, nos besamos, hacemos el amor y si me preguntas un primer pensamiento, sus labios.

Nos buscamos, nos encontramos en una especie de lucha por no dejarnos seducir por el día a día, por ese quedar diario, por conseguir enamorarnos cada vez que nos vemos sin preguntarnos nombres, y poder pasear así por plazas que no nos pertenecen porque no tenemos ninguna intención de llegar a ninguna parte donde algo nos recuerde quienes somos o lo que éramos ayer.

Poder conocernos, poder hablar de nuevo, desde el principio, hablar de nosotros y no de trabajos que pagan hipotecas y coches que tan sólo sirven para aparentar que pertenecemos a un puzzle de un paisaje idílico; me gusta ser esa pieza que aparenta estar en su sitio pero que en el fondo sabemos que no es así, que sólo la hemos hecho encajar a base de pequeños golpes con el dedo, pensando que con el tiempo se deformará y acabará pasando desapercibida. Prefiero ser un fallo de fabricación, prefiero beberme botellines a 60 céntimos en sitios que ayer no conocía, prefiero estar con ella y sentirla por primera vez y pedir otras dos cervezas y salir de la bodega con una botella que más tarde beberemos para olvidar quizás, que no deberíamos haberla comprado, y andar sin saber de calles y callejones, y pararnos en cada soportal y no en apartamentos solitarios, llenos de las cosas de los demás para que ellos puedan sentirse como en su propia casa, y andar hasta cualquier local donde protegernos del frío , y sentarnos y mirarnos en la oscuridad esperando tan sólo que el aire no se vuelva tan denso que sea imposible desnudarlo, y dejarnos llevar y mirarnos hasta la hora de buscar una cama de alquiler, donde quitarnos la ropa y recorrernos desnudos, un lugar sin relojes que marquen el tiempo, sin reglas para amarnos, un lugar donde sentir el sabor y el olor de su piel, donde poder desnudar su pensamiento y poder curar entre gemidos y susurros nuestras heridas, y olvidar ser hombre o mujer, y confiar el uno en el otro, y hacer el amor con miedo a no hacernos felices.