La cafetería de enfrente era genial, sí, era morena, con pelo rizado y una alegre sonrisa, sin duda, una chica encantadora. Durante quince minutos podíamos disfrutar del primer desayuno del día con dos cafés y sin demasiadas molestias de otros clientes. Sí algo tenía que tener sentido a las ocho de la mañana y a escasos pasos del portal de mi oficina, eran nuestras breves conversaciones. Pero todo tiene que tener un final, o eso pensaría su compañera de detrás de la barra, a la que yo, no le debía de hacer mucha gracia, ya que nunca me dirigió la palabra hasta el séptimo mes de conocerla y fue para recriminarme el impago de un café, algo que hizo sin demasiado tacto en el día libre de la chica encantadora. Unas 100 pesetas por 5 días son 500 pesetas, durante 4 semanas 2.000 pesetas, si lo multiplicamos por los siete meses que estuve charlando, hacen un total de 14.000 pesetas en cafés. La acusación me pareció, quizá cierta, porque no sería la primera vez que me ocurriese, pero si llena de falta de respeto, así que pagué los dos cafés y me marché. Desgraciadamente no he vuelto a ver a la chica morena, con sonrisa alegre, pero no me arrepiento, siempre he creído que la descortesía es imperdonable.

Estuve un tiempo buscando en otros locales esas pequeñas conversaciones, busque en bares de calles paralelas, en algún que otro local escondido entre callejones, incluso busqué en salidas de otras estaciones de metro, pero mi sentido de la orientación no es muy bueno y uno no se puede permitir perderse, sin perderse, durante más de media hora en los alrededores de la estación de Canal. Tan sólo os aconsejaré que nunca se debe girar siempre a la derecha a lo largo de un edificio vallado, aunque no sepas que es el mismo y aunque la valla te suene, como os digo creí perderme hasta que volví a dar con la misma estación de Canal de la que había salido media hora antes. Por ahora el bar de los churros estaría bien para mantener la dosis de cafeína en sangre y poder mantener los ojos abiertos hasta la hora de la comida, donde otros problemas se daban forma, problemas que pude mantener resueltos durante un tiempo en el mesón Madriz.
No es fácil encontrar un sitio donde poder disfrutar en soledad del menú del día, no sé porque, pero siempre me sentía triste si veía a alguien comer solo, una sensación que provocó que rehusase los bares repletos de gente donde mi soledad resaltase, esquivaba los restaurantes en los que al entrar tuviese que atravesar un gran salón de comidas mientras cientos de ojos se fijaban sobre mi, no quería que me mirasen con tristeza, como yo miraba a otros, no quería que pensasen pobre chico, no quería aceptar sus invitaciones a compartir mesa, todo eso haría mi soledad más real, así que el mesón Madriz con su parte final de la barra habilitada a los que éramos como yo, era un gran respiro en el duro mundo de las comidas caseras diarias.
Durante cuatro meses conocí a varios solitarios, con los que compartí barra, problemas, y alegrías, me sentía bien, el camarero no hablaba demasiado y al cabo de un mes ya no me cobraba el café aunque me hubiese pedido el postre, es la propina que recibes cuando provocas tristeza, así que pedía postre todos los días. Pero antes o después todo tiene un final y ese final ocurrió a los veinte años de su inauguración, el tío poco hablador debía estar harto de buscar conversaciones como las del principio, así que cerró cuatro meses después de mi iniciación. No he vuelto a ver a mis compañeros de barra, está claro que cada lugar tiene sus propios habitantes, y esos habitantes tan sólo existen en esa habitación, así que no me quedó más opción que reencontrarme con los habitantes de ojos fijos en mi, en el Mesón Casa Mar Galicia, especialidad en lacón a la pimienta, sin olvidar claro está, su plato estrella, Pote Gallego, el cual había que reconocer que estaría exquisito, si mi jornal de triste explotado lo hubiese permitido pagar, así que a los que éramos como yo, trabajadores esclavos, nos debíamos conformar con las sobras de su plato estrella en el menú del día. El bar era como una gran tienda de antigüedades y todo estaba en venta, todo lo que hubiese de barra para fuera, comensales no incluidos se podía comprar. Yo me sentaba en una silla de madera antigua y oscura, con el respaldo ya deformado por lo años, por lo que había adquirido una sorprendente comodidad a la hora de sentarse sobre ella, está claro que la silla tenía experiencia, y su precio no le hacía justicia, tan solo 8500 pesetas. Un día llegué y no estaba, intenté otras tres sillas diferentes pero no era lo mismo. Así que ese día hice caso a los que dicen que la comida de los bares te destroza el estómago, que está demasiado especiada, me compré un buen termo y una bonita mochila y es cierto que me sentí mejor, dejé de sentir tristeza. De lo único que me arrepiento es de no haber comprado la silla, jamás me he sentado tan cómodo.

Cuando el tiempo pasa es inevitable madurar, las experiencias siempre le hacen a uno más fuerte y menos tonto, se aprende a pensar y uno aprende a estar solo, a salir de las faldas de su madre y ver la vida real, quizás a veces no tanto porque uno quiera, sino porque llega un momento en el que ya no se cabe debajo y uno tiene que sacar la cabeza, así que tuve que dejar el bar de los churros del desayuno por cierre de vacaciones del personal. La experiencia me acerco al bar de enfrente, sí era fresquito, en pleno mes de agosto se agradece, tenía churros a los que había cogido cierta admiración, y era pequeño y oscuro, tan sólo una pequeña ventana daba a la calle y las paredes estaban pintadas de verde con dibujos de caballos colocados en sus puestos de salida, junto con sus jockeys agarrados en sus sillas de montar, algunas copas de torneos ecuestres decoraban las estanterías y dos grandes escudos de casas de cría, o de alguna carrera importante daban paso a un pequeño pasillo que conducía a los baños, me recordaba a los mesones de Ortega Cano pero con cabezas de caballo, si un día no necesitamos a los caballos por lo menos nos los podremos comer, fue lo primero que pensé.
El camarero parecía normal, y en la tele los programas normales matutinos de la mañana, se estaba bien, sin sobresaltos, me gustaba, era lo que necesitaba, lo que había aprendido a apreciar, cada mañana entraba y me gustaba ver como los caballos seguían esperando la salida, fue perfecto hasta que le pedí el café con leche bien caliente, y bannn!!! sin previo aviso, pistoletazo de salida, gritos, aplausos, la gente puesta en pie vitoreando a su caballo ganador, la carrera había comenzado y los caballos galopaban hacía la primera curva, la tomé pegada a las vallas exteriores con la esperanza de encontrar alguna puerta de escape, pero al otro lado de las vallas, separándonos de los espectadores sedientos de café, habían construido un gran foso que rodeaba todo el anillo de competición del circo romano en lo que se había convertido este hipódromo improvisado, aguanté como pude la primera recta, siguiente curva y el Grand National primer salto y me escondí dentro de la espesa vegetación, que formaban las páginas del diario deportivo, segundo salto e imagino que el golf es interesante si alguna vez te ha dado por practicarlo, tercer salto y el periódico sale volando de la montura de mis manos debido al violento choque de encontrarme junto a mi deseado café matutino, un plato con una grasienta porra en lugar de mis tres delicados y pequeños churros, no creo que sea necesario contar más. La falta de modales me parece una descortesía, y el romanticismo nunca está de más. El resto del mes decidí desayunar en casa viendo el parte del tiempo que también tiene su aquel si la chica que lo presenta es mona.

Al final dejé el trabajo, el barrio se había quedado pequeño, guarde mis trastos y cerré la puerta, abajo quedaba Moncloa, arriba Cuatro Caminos. Acabé llevando un bar durante cuatro años en Burgos.

Rincones