Podría salir a la calle y no estar cansado de ver las mismas luces, las mismas caras en las  marquesinas. No tener necesidad de subir los tres escalones del autobús, para sentarme en el mismo asiento porque es cómodo no pensar y actuar por reflejos, por costumbres, aunque sepa que poco a poco voy desapareciendo en ese asiento reservado, en el abono transporte rojo con el cupón del mes, en la agenda mental de las actividades que realizar, en el reloj que marca los momentos y los archiva en sus minutos, horas y segundos, junto a mis datos de identificación personal, edad, numero de teléfono, DNI.

Cosas que nos hacen existir porque sólo así somos capaces de encontrarnos si un día creemos estar perdidos.

Porque el pasajero del asiento 12 sabe que a su lado se sienta un chico de pelo corto y gafas que responde al nombre de Mario pero para él sólo será Mario de 8 a 9 de la mañana, de 9 a 10 será Luis o Carmen o Patricia, no lo sé, están fuera de mi dibujo diario, de mis alertas de tiempo que me dice que de 9 a 10 estaré sentado en la oficina junto a Marcos.

¿Podríamos empezar de nuevo? Darle la vuelta al rincón donde descansamos y ser Mario, ser Juan, ser Pedro, ser Elena, ser Rosa. Deshacerte de los límites en los que te enmarca tu casa, tu trabajo, tus cosas.

Si cambiásemos de asiento, si cruzásemos la calle, ¿Podríamos desaparecer?, ¿O tomaríamos posesión inconscientemente de otro cuerpo que pasase por allí con su propio archivador de tiempo?