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Podría salir a la calle y no estar cansado de ver las mismas luces, las mismas caras en las  marquesinas. No tener necesidad de subir los tres escalones del autobús, para sentarme en el mismo asiento porque es cómodo no pensar y actuar por reflejos, por costumbres, aunque sepa que poco a poco voy desapareciendo en ese asiento reservado, en el abono transporte rojo con el cupón del mes, en la agenda mental de las actividades que realizar, en el reloj que marca los momentos y los archiva en sus minutos, horas y segundos, junto a mis datos de identificación personal, edad, numero de teléfono, DNI.

Cosas que nos hacen existir porque sólo así somos capaces de encontrarnos si un día creemos estar perdidos.

Porque el pasajero del asiento 12 sabe que a su lado se sienta un chico de pelo corto y gafas que responde al nombre de Mario pero para él sólo será Mario de 8 a 9 de la mañana, de 9 a 10 será Luis o Carmen o Patricia, no lo sé, están fuera de mi dibujo diario, de mis alertas de tiempo que me dice que de 9 a 10 estaré sentado en la oficina junto a Marcos.

¿Podríamos empezar de nuevo? Darle la vuelta al rincón donde descansamos y ser Mario, ser Juan, ser Pedro, ser Elena, ser Rosa. Deshacerte de los límites en los que te enmarca tu casa, tu trabajo, tus cosas.

Si cambiásemos de asiento, si cruzásemos la calle, ¿Podríamos desaparecer?, ¿O tomaríamos posesión inconscientemente de otro cuerpo que pasase por allí con su propio archivador de tiempo?

La cafetería de enfrente era genial, sí, era morena, con pelo rizado y una alegre sonrisa, sin duda, una chica encantadora. Durante quince minutos podíamos disfrutar del primer desayuno del día con dos cafés y sin demasiadas molestias de otros clientes. Sí algo tenía que tener sentido a las ocho de la mañana y a escasos pasos del portal de mi oficina, eran nuestras breves conversaciones. Pero todo tiene que tener un final, o eso pensaría su compañera de detrás de la barra, a la que yo, no le debía de hacer mucha gracia, ya que nunca me dirigió la palabra hasta el séptimo mes de conocerla y fue para recriminarme el impago de un café, algo que hizo sin demasiado tacto en el día libre de la chica encantadora. Unas 100 pesetas por 5 días son 500 pesetas, durante 4 semanas 2.000 pesetas, si lo multiplicamos por los siete meses que estuve charlando, hacen un total de 14.000 pesetas en cafés. La acusación me pareció, quizá cierta, porque no sería la primera vez que me ocurriese, pero si llena de falta de respeto, así que pagué los dos cafés y me marché. Desgraciadamente no he vuelto a ver a la chica morena, con sonrisa alegre, pero no me arrepiento, siempre he creído que la descortesía es imperdonable.
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Y duermo a tirones

 

despertando en cada susurro

 

de anónimas voces

 

en murmullos

 

que ahogan los sollozos

 

del crujir de la estancia

 

a cada paso sordo

 

y lejano de tu marcha.

 

Existen ciertos bares en los que puedes beber, hay muchos otros, pero, qué se puede hacer en ellos sino emborracharte, hay una gran diferencia entre beber y emborracharte, por lo menos para mí. Puedo pasar toda la tarde tomando algunos vinos charlando y escuchando música diferente, no digo buena, sino simplemente diferente. Los que ponen la música en la mayoría de los bares son como los camareros de las caferías, que te sirven siempre el mismo café por las mañanas porque creen que es lo que te gusta, aunque sólo lo hayas pedido un par de veces, ya da igual, estás acabado, serás para siempre el chico del café. Ellos hacen lo mismo, te sirven en la mesa la música que creen que quieres escuchar y te la ponen hasta que revientas y cambias de sitio.

No sabría decir por qué iba a menudo a uno de estos lugares, supongo que porque es fácil perderse, olvidarse de uno mismo cuando te sumerges entre la gente desconocida, cuando eres uno más entre tantos y te descubres acercándote a alguien que no es la primera vez que ves. Siempre he creído en el destino, es curioso que jamás vuelvas a ver a tu compañero de mesa del instituto y otras personas sin tener ni idea de por qué, vivan tan cerca de ti que acaben perteneciendo a tu vida.

Como he dicho no era la primera vez que la veía, allí estaba sentada mirando por la ventanilla del tren de cercanías, o comiendo en dos mesas más a la izquierda en el restaurante, o de pie apretada entre los asientos del autobús, quién sabe, quizá fuese yo el que estaba dentro de su vida, podría entender entonces quién a decidido por mí en todas esas cosas que no he acabado de entender demasiado y en las que me siento perdido. Allí estaba con ella sin saber exactamente si era mi vida o la suya, pero con ella, sudando, bebiendo y fumando, me sentía bien, sin demasiadas preguntas, tampoco son necesarias cuando no hay nada interesante que contestar.

Había decidido integrarme entre todo ese barullo, eso era lo único claro que tenía. Y bueno, ¿Cómo describirla?, sé que es morena, que no es demasiado alta ni demasiado baja, no tiene los ojos marrones y físicamente mucho mejor que muchas que presumen de serlo y se exhiben en las tarimas de las discotecas con contoneos de cintura, nos reímos, nos besamos, hacemos el amor y si me preguntas un primer pensamiento, sus labios.

Nos buscamos, nos encontramos en una especie de lucha por no dejarnos seducir por el día a día, por ese quedar diario, por conseguir enamorarnos cada vez que nos vemos sin preguntarnos nombres, y poder pasear así por plazas que no nos pertenecen porque no tenemos ninguna intención de llegar a ninguna parte donde algo nos recuerde quienes somos o lo que éramos ayer.

Poder conocernos, poder hablar de nuevo, desde el principio, hablar de nosotros y no de trabajos que pagan hipotecas y coches que tan sólo sirven para aparentar que pertenecemos a un puzzle de un paisaje idílico; me gusta ser esa pieza que aparenta estar en su sitio pero que en el fondo sabemos que no es así, que sólo la hemos hecho encajar a base de pequeños golpes con el dedo, pensando que con el tiempo se deformará y acabará pasando desapercibida. Prefiero ser un fallo de fabricación, prefiero beberme botellines a 60 céntimos en sitios que ayer no conocía, prefiero estar con ella y sentirla por primera vez y pedir otras dos cervezas y salir de la bodega con una botella que más tarde beberemos para olvidar quizás, que no deberíamos haberla comprado, y andar sin saber de calles y callejones, y pararnos en cada soportal y no en apartamentos solitarios, llenos de las cosas de los demás para que ellos puedan sentirse como en su propia casa, y andar hasta cualquier local donde protegernos del frío , y sentarnos y mirarnos en la oscuridad esperando tan sólo que el aire no se vuelva tan denso que sea imposible desnudarlo, y dejarnos llevar y mirarnos hasta la hora de buscar una cama de alquiler, donde quitarnos la ropa y recorrernos desnudos, un lugar sin relojes que marquen el tiempo, sin reglas para amarnos, un lugar donde sentir el sabor y el olor de su piel, donde poder desnudar su pensamiento y poder curar entre gemidos y susurros nuestras heridas, y olvidar ser hombre o mujer, y confiar el uno en el otro, y hacer el amor con miedo a no hacernos felices.

Barro en tus manos

Desperté en los trazos que dibujabas en el aire,me convertí en cuerpo de barro que moldeaban tus manos, acariciastes mi rostro, mis piernas y hombros, dándome forma.

Cómo sentir tu piel a través de la impermeable arcilla que me forma, como amarte sin poder mirarte sin poder tocarte.

Gracias a Manolito por la foto

Me despierto cansado, buscando algún cigarrillo entre los calcetines de los cajones, no quiero ir hasta el salón a buscar el ultimo paquete, el suelo está frío y sucio y la ropa que dejo al desnudarse sigue en el rincón amontonada. Creando una barrera imaginaria que no consigo traspasar, y tampoco me decido a derribar . Su falda negra, sus medias…

Enciendo el cigarro. Es difícil dejarse deslizar al vacío cuando tus anclajes te mantienen fijo al suelo vertical de tu mundo.

Conocí a alguien, especial, está lejos, pero sujeta con fuerza el final de la cuerda, pude hacer el amor con ella, pero no soy bueno en eso, ella no me imaginó así, me creo para juegos y besos, para caricias debajo de las ropas, no gano desnudo y mucho menos en una cama. Nunca se me ha dado bien esa última parte. Me gustan los principios, cuando no sabes que es lo siguiente, el final es fácil de averiguar, no me gusta llegar a él, no es más que lo que hay.

Supongo que soy un mal amante y ahora estará durmiendo apoyada en otro hombro, no me importa, hace tiempo que entendí que las cosas son así, que no hay más de lo que vemos, supongo que todos nos vamos resguardando en las marquesinas de los autobuses, esperando que la lluvia no te toque demasiado y con la única esperanza de no dormir solo después de haber tomado un par de copas con cualquier desconocida. Aún sabiendo que a la mañana siguiente no te apetecerá hacer dos cafés.

Ella no recogió sus cosas, su falda negra, sus medias, su camiseta, su sujetador, su foto junto a la pizarra de corcho, junto a sus plantas. La he buscado entre los papeles, entre los cafés, entre los discos de música, no hay notas, no hay huellas de pisadas de adiós en la escalera.

Joder el mundo se ha dado la vuelta y yo me he dado cuenta al despertarme.

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Y amanece, y sé que no está, porque sería como admitir que existimos, y cierro los ojos e intento convencerme para levantarme al baño y no vomitar las palabras sobrantes de mi cerebro en las sabanas, y quizás un cigarro me calmase esta angustia, pero el paquete está vació y el cenicero lleno de sus colillas, y las mantas pesan demasiado para salir corriendo, y la cabeza empuja al desalojo rápido de frases , y miro de reojo la ventana cuando paso, y por un instante pienso que se debe sentir cuando se cae al vació desde el piso catorce, y no llego al baño por un par de baldosas, y estoy demasiado acostumbrado a toda esta mierda como para limpiar las entrañas que se han desparramado por el suelo del apartamento, y me da igual que piensen que estoy mal, que les importará a ellos que arrastre mi alma por el barro, me siento bien en el fango y el cielo queda demasiado lejos para ir andando.

 

9:00 de la mañana.

Demasiado tarde para despertarse, para poner los pies en el suelo y encajarse entre los espacios vacíos de la sala. Enciendo un cigarro y respiro de nuevo el mismo aire mil veces respirado, atrapando el poco oxígeno que consigue traspasar los filtros ya algo obstruidos de mis pulmones. Intento reconocerme en el espejo y dejo caer el agua de la ducha, deseando que arrastre por el desagüe las marcas de una vida andada a tirones, a golpes de reloj, de la una a las dos, en círculo, regresando después de doce pasos al punto inicial, al lugar de partida, a la misma puerta de casa, a las mismas cosas que nos ayudan a digerir el monólogo diario.

Ser Juan, ser Pedro, Ser Mario, saber representar el guión, saber llegar a la hora adecuada al sitio indicado. Subirse al autobús, dejarse caer en el mismo asiento de siempre, sabiendo que durante siete paradas seré Mario, con número de teléfono equis, DNI equis, domiciliado en cualquier cuenta bancaria, de cualquier sucursal, donde nos ofrecen a plazo fijo y bajo interés nuestros pequeños espacios donde poder despertar cada día. Siete paradas, tan solo siete paradas y a 80 kilómetros hora, 60 minutos hasta la próxima estación donde tenemos nuestro espacio reservado de antemano y que creemos que a pasado a pertenecernos porque hace tiempo que meamos en el mismo rincón y hacemos creer con ese gesto a los demás, que ese punto 45º latitud norte, 30º longitud este, está ocupado por Juan teléfono equis, DNI equis.

Nuevos Ministerios (60 minutos más), las mismas caras, la misma gente corriendo de un lado del andén hasta la salida más próxima, me sorprendo corriendo, me paro, respiro el poco aire que tolero, un par de veces, debería dejar de fumar, vuelvo a coger impulso, hay que llegar a tiempo, hay que llegar a ser Pedro teléfono equis, DNI equis, para no sé que, pero hay que llegar.

El mismo camarero de siempre que no pregunta, planta en la mesa el mismo café y las mismas tostadas que le pedistes un día y que el repite desde entonces en su procesar diario, punto diez y cuarto, más menos quince minutos de su agenda horaria, no me apetece, pero me lo como. Para terminar un vaso de agua, otro cigarro y 60 minutos más.

Marcos teléfono equis, DNI equis, me sitúo en su mesa, abro sus cajones y saco sus papeles intentando cumplir el ritual para que no descubran que no soy yo, 60 minutos por ocho horas, más dos horas para comer, total 600 minutos. Repartidos en llamadas a compradores, llamadas de compradores, solicitudes de reclamación, neveras compradas a plazos, reclamaciones de voces que creen encontrar en tu voz la solución, recojo los papeles, los vuelvo a guardar en el cajón de papeles adecuados, cojo mi abrigo y salgo de nuevo a correr entre calles que no sé lo que contienen.

Hace tiempo escribí. “Me gusta ser esa pieza de un puzzle, que aparenta estar en su sitio, pero que en el fondo sabemos que sólo la hemos hecho encajar a base de pequeños golpes con el dedo, esperando que con el tiempo se deforme y pase desapercibida entre un millón de ellas más”. Sólo hay que aparentar deformarse.

Dos cervezas, una creo que para mi teléfono equis, DNI equis, otra para ella, antes que se acaben pedimos otras dos, (cuatro cervezas en total a 30 minutos el par, 60 minutos más) le cuesta otras cuatro recomponer cada pieza de mi cerebro que se ha desdibujado. ¡¡¡Por favor bisturí, vendas, guantes de cirujano, cinta negra para pegar!!! Y 120 minutos de silenciosa reconstrucción a base de palabras y caricias en la cama, vuelven a poner en marcha las ideas que quizás mañana tengan sentido.

60 minutos por 7 horas 420 minutos más.

9:00 de la mañana.

Demasiado tarde para despertarse, para poner los pies en el suelo y encajarse entre los espacios vacíos de la sala, enciendo un cigarro, echo el agua suficiente en el compartimiento adecuado de la cafetera, muelo los granos de café y los dejo caer despacio en el filtro, enciendo el fuego, coloco la cafetera encima, y espero; me tumbo en el sofá, pongo algo de música, empiezo a oler el sabor de café, me levanto, me sirvo una taza, me vuelvo a tumbar, y espero, no sé muy bien a qué o a quién, pero espero.

Quizás debí haber echo caso a mi segunda intención y echar los papeles al inodoro para tirar de la cadena y hacer desaparecer los recibos de los cajeros automáticos y tickets de alguna que otra compra que guardo en la cartera, pero la idea de acabar tan pronto y de una manera tan indigna con mis papeles me hizo idear una tercera opción, la primera, fue tirarlos a la basura, la deseche en el mismo momento en que la pensé, si los tiraba a la basura, aparte de proporcionarme tan sólo un instante de quehacer, el portero del bloque dedicado a recuperar toda clase de materias primas de la basura, podría dar con las pruebas de utilización de mi economía y usarlas en la creación manual de alguna cestita o bola de papel donde se podría leer perfectamente mi nombre y los datos bancarios de mi cuenta de ahorro. Romper los tickets, una opción, pero alguna que otra vez el hombre grande había demostrado su capacidad de resolver casos imposibles; si, lo mejor sería quemarlos, los grandes papeles, los importantes, han de ser convertidos en ceniza para no dejar pruebas, y mis papeles eran importantes.

Sólo tendría que crear una pequeña hoguera con palillos como leña, dentro de un cenicero, dentro del lavabo, dentro del baño, en caso de emergencia, sólo tendría que abrir el grifo del agua fría, además entre la preparación y la quema estaría media hora ocupado, sólo tendría que bajar la otra media a la cafetería de enfrente a tomarme un café hasta la llegada de mis jefes.
Cogí los palillos y los prendí con una cerilla que también utilicé como leña, pero la escasez de llama provocó que me decidiese a utilizar pequeños trozos de papel higiénico en la microhoguera, para microavivar el microfuego y así quemar los microtrozos de papel, lo que provocó un microhilillo de humo que fue invadiendo todo el aire respirable, penetrando también en mis ojos, momento que aprovecharon mis lagrimales para limpiar los globos oculares de mi vista y comenzar una macrollantina que intenté aliviar sacando la cabeza por la ventana del baño que hasta ese momento, permanecía cerrada para ocultar mi fogata, respiré hondo y volviendo a meter la cabeza dentro del baño abrí el grifo de agua fría momento que aprovecho el fuego para convertirse en una columna de humo y momento que mi voz aprovecho para cagarse en la puta teoría de la transformación de la materia.

Gracias a Di por darle una forma comprensible.

Y vivo a tirones,

borrando los recuerdos

que han quedado escritos

en las paredes,

removiendo los silencios,

recomponiendo las palabras

que cayeron en el suelo

al abrir tus cartas.

 

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Seña Gregoria Freak Proyect

Quedan reservados todos los indicios, así como la capacidad de rescindir toda clase de pormenores relativos al propio sentido en si del espíritu de lo definible según los apartados y artículos preestablecidos y reflejados en cada norma diseñada para tal y no otros efectos, como su ayuda para el buen acondicionamiento, uso y legitimidad de lo aconsejable a cada particular en las causas y situaciones anteriormente ocasionadas haciendo reseña de lo explicado a los sub-sujetos y sus coexistencias

El club de la lucha

“No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones, sois la mierda cantante y danzante del mundo”. __________________________________ Tyler Durden - El club de la lucha. __________________________________ Siempre he creído en esta frase, mucho antes incluso de oírla en El club de la lucha. Me gusta recordarla a menudo y en especial en algunos días como hoy.