La cafetería de enfrente era genial, sí, era morena, con pelo rizado y una alegre sonrisa, sin duda, una chica encantadora. Durante quince minutos podíamos disfrutar del primer desayuno del día con dos cafés y sin demasiadas molestias de otros clientes. Sí algo tenía que tener sentido a las ocho de la mañana y a escasos pasos del portal de mi oficina, eran nuestras breves conversaciones. Pero todo tiene que tener un final, o eso pensaría su compañera de detrás de la barra, a la que yo, no le debía de hacer mucha gracia, ya que nunca me dirigió la palabra hasta el séptimo mes de conocerla y fue para recriminarme el impago de un café, algo que hizo sin demasiado tacto en el día libre de la chica encantadora. Unas 100 pesetas por 5 días son 500 pesetas, durante 4 semanas 2.000 pesetas, si lo multiplicamos por los siete meses que estuve charlando, hacen un total de 14.000 pesetas en cafés. La acusación me pareció, quizá cierta, porque no sería la primera vez que me ocurriese, pero si llena de falta de respeto, así que pagué los dos cafés y me marché. Desgraciadamente no he vuelto a ver a la chica morena, con sonrisa alegre, pero no me arrepiento, siempre he creído que la descortesía es imperdonable.
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